AHORA LES TOCA A ELLAS

Ha llegado el momento de hacer de la educación de las niñas refugiadas una prioridad

Nur Kalima, refugiada rohingya de 11 años, estudia en una escuela financiada por el ACNUR en el asentamiento de refugiados de Kutupalong (Bangladesh). Para las niñas rohingya supone un desafío completar su educación debido a las presiones sociales, el matrimonio temprano y la falta de acceso a una educación superior. © ACNUR/Roger Arnold

Introducción

Por Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados

Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, visita un jardín de infancia reconstruido en Luhansk (Ucrania). © ACNUR/Alina Cherkashina

El acceso a la educación es un derecho humano fundamental. Resulta esencial para adquirir conocimientos y para “el pleno desarrollo de la personalidad humana”, tal y como establece la Declaración Universal de Derechos Humanos. Más aún, la educación nos convierte en personas más resilientes e independientes. Sin embargo, para los millones de mujeres y niñas que forman parte de la creciente población refugiada en el mundo, la educación sigue siendo una aspiración en vez de una realidad.

 

El acceso limitado a la escolarización perpetúa y magnifica los desafíos de una vida en el exilio: encontrar trabajo, llevar una vida saludable, conservar la dignidad y la esperanza. También limita el potencial de las mujeres y niñas refugiadas para reconstruir sus vidas, protegerse contra abusos y asumir el control para forjar las vidas de sus comunidades.

Sin una educación, se está negando a las mujeres y niñas refugiadas la confianza para alzar la voz, para contribuir al fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales en todo el mundo. Los estudiantes de hoy son los líderes del mañana. Serán quienes contribuyan a fomentar la paz y la estabilidad. Serán quienes abran caminos para que los demás les sigan y quienes aporten los ejemplos que las generaciones futuras tratarán de emular. Resulta vital para la seguridad futura de sus países de origen que las mujeres y niñas refugiadas reciban las llaves de la educación, con las cuales podrán liberar su potencial como líderes de paz.

Asma’a Adnan Saied, refugiada siria de 23 años en el campamento de refugiados de Zaatari (Jordania), estudia literatura inglesa en la universidad gracias a una beca DAFI (Iniciativa Académica Alemana para Refugiados Albert Einstein). © ACNUR/Antoine Tardy

“Tendré un futuro mejor para mí, para mi familia y para la siguiente generación de sirios”.

Permitir que las niñas refugiadas accedan a una educación de calidad requiere acciones a todos los niveles, desde los ministerios nacionales de educación a las instituciones de capacitación del personal docente, las comunidades y las aulas. No será tarea fácil: el desplazamiento forzado se ha venido acelerando en los últimos años y ha desgastado las instalaciones y las infraestructuras de los países que acogen a personas refugiadas, muchos de los cuales luchaban ya por conseguir prestar servicios adecuados a sus propios ciudadanos. Por eso desde el ACNUR apelamos a un esfuerzo internacional que permita invertir esta tendencia.

Las niñas refugiadas tienen a menudo menos oportunidades que los niños, pero el ACNUR y sus socios han identificado maneras en las que podemos ampliar su acceso a la educación. Ahora necesitamos apoyo para implementar estas estrategias a nivel mundial y corregir el desequilibrio.

Niñas y niños malienses refugiados llaman la atención de su profesor en una de las seis escuelas primarias del campamento de refugiados de Mbera (Mauritania). © ACNUR/Helena Pes

Los buenos ejemplos son abundantes, y numerosos países están introduciendo cambios para ayudar a que más niñas, tanto refugiadas como de las comunidades locales, acudan a la escuela. Nuestra tarea consiste en asegurarnos de que esto sucede en todas partes y en ayudar a crear comunidades más sólidas que se unan para encontrar soluciones a los desafíos comunes. Hemos podido comprobar una y otra vez cómo las medidas en apoyo de las mujeres y niñas refugiadas tienen también beneficios a largo plazo para las comunidades de acogida de refugiados.

Ha llegado el momento de que la comunidad internacional reconozca la injusticia de negar a las mujeres y niñas refugiadas una educación. Les insto a que se unan a nosotros para exigir: “Ahora les toca a ellas”. Les toca a ellas contar con la confianza que brinda la educación. Si les dan esta oportunidad, su potencial no tendrá límites.

¿Por qué educar a las niñas refugiadas?

Una niña joven en la escuela en Kot Chandna, una aldea remota en Pakistán que acoge a refugiados afganos. © ACNUR/Sara Farid

Garantizar que las niñas refugiadas tengan acceso a una educación es crucial para su empoderamiento y para la prosperidad futura de sus familias y de sus comunidades. Si todas las niñas refugiadas pueden recibir una educación, sus familias y sus comunidades tienen más posibilidades de mejorar su situación económica y social. Cuanto mayor sea el nivel educativo que consigan alcanzar, mayores podrían ser estos beneficios.[1]

La escuela supone rutina, normalidad, propósito y tiempo lejos de las presiones y las cargas de la vida refugiada, algo que resulta muy importante para todos los niños y las niñas, pero en ocasiones especialmente para las niñas, las cuales son vulnerables a la explotación y la violencia sexual y de género. Al aprender cuáles son sus derechos y cómo reclamarlos, las personas refugiadas se empoderan. La educación refuerza la resiliencia ante los enormes desafíos que enfrentan las personas que se han visto forzadas a abandonar sus hogares.

Sumaiya Akter, refugiada rohingya de 12 años en el asentamiento de refugiados de Kutupalong (Bangladesh). © ACNUR/Roger Arnold

“Vengo a la escuela para poder encontrar un trabajo y ayudar a educar a niñas huérfanas”.

La educación es también una herramienta de protección. Reduce la vulnerabilidad de las niñas ante casos de explotación, violencia sexual y de género, embarazo en la adolescencia y matrimonio infantil. De acuerdo con la UNESCO, si todas las niñas terminaran la escuela primaria, el matrimonio infantil se reduciría en un 14%. Si todas ellas finalizaran la educación secundaria, la cifra se desplomaría un 64%.[2] La educación es especialmente importante para mujeres y niñas refugiadas que enfrentan los mayores riesgos que supone el desplazamiento forzado.

Una niña refugiada hace sus exámenes finales en una escuela del campamento de refugiados de Kakuma (Kenia). © ACNUR/Samuel Otieno

Investigaciones de la UNESCO muestran que las madres con una educación tienen más posibilidades de enviar a sus hijos e hijas a la escuela, y más posibilidades de darles apoyo para que alcancen la educación secundaria y terciaria. Cuanto más avanzan las niñas en su escolarización, más desarrollan sus dotes de liderazgo, empresariales y de autosuficiencia, las cuales constituyen cualidades personales que contribuirán a que sus comunidades triunfen en su esfuerzo por adaptarse a los países de acogida o en la reconstrucción de sus hogares.[3]

Además, las investigaciones de la UNESCO también muestran que un año más en la escuela puede suponer un incremento de un 20% en las ganancias de una mujer.[4] Estos beneficios repercuten en todos; en los países en los que la educación es igual para ambos sexos, los ingresos per cápita se disparan el 23%. El tiempo que una niña refugiada pase en el exilio debe verse como una oportunidad de desarrollo y formación para ella.

Reem Arafat (en el centro), una niña refugiada siria en una escuela de Whitehorse (Canadá). © ACNUR/Annie Sakkab

Innumerables estudios muestran que, si todas las mujeres recibieran educación primaria, se reduciría la mortalidad infantil causada por diarrea, malaria y neumonía.[5] Las muertes por diarrea, por ejemplo, que representan la tercera causa más frecuente de mortalidad infantil, se reducirían un 8% si todas las madres terminaran la educación primaria, o un 30% si completaran la educación secundaria, según la UNESCO.[6] Estas amenazas son especialmente graves en situaciones de desplazamiento. Las mujeres con educación tienen más probabilidad de saber dónde encontrar ayuda profesional cuando están embarazadas o acaban de dar a luz, lo cual puede salvar vidas. Cuanto más avanzan en su escolarización, más conscientes son de los beneficios de la nutrición y el saneamiento.

 

Si continuamos descuidando la educación de las niñas refugiadas, las consecuencias se sentirán durante generaciones. Ha llegado el momento de hacer de la educación de las niñas refugiadas una prioridad.

¿Cuál es la magnitud del desafío?

Natalia Rami Haddad, una refugiada siria de 14 años, con su amiga checa Natálie Sembdnerová, de 12, en el instituto de Hradec Králové (República Checa). Natalia recibió en 2017 un premio del Ministerio Checo de Educación por sus esfuerzos como estudiante de idiomas. © ACNUR/Michal Novotný

Garantizar que las niñas refugiadas tengan acceso a una educación es crucial para su empoderamiento y para la prosperidad y la mayor resiliencia de sus familias y de sus comunidades. Pero en su camino encuentran obstáculos enormes. Para niñas y niños refugiados de todo el mundo, franquear las puertas de la escuela resulta mucho más difícil que para sus compañeros no refugiados.

Tal y como se pone de manifiesto en el último informe sobre educación de los refugiados del ACNUR, solo el 61% de los menores refugiados asisten a la escuela primaria, frente a la media internacional del 91%. Solo el 23% de los adolescentes refugiados están matriculados en la escuela, en comparación con el 84% a escala global. En cuanto a la educación terciaria, mientras que el 34% de jóvenes en edad universitaria recibe una educación, la cifra se desploma al 1% en el caso de la población refugiada.

Todos los refugiados enfrentan importantes obstáculos a la educación, pero la situación es especialmente grave para el 84% de ellos que están acogidos en regiones en desarrollo, como consecuencia de los escasos recursos y de la falta de escuelas y profesores.[7]

La situación es todavía más dura para las niñas refugiadas de estas regiones. Como demuestran las estadísticas del ACNUR, la brecha entre los géneros sigue creciendo a medida que se hacen mayores. Los datos de los tres países subsaharianos que más refugiados albergan, Uganda, Etiopía y Kenia, muestran que la proporción de niños refugiados en la escuela es superior a la de niñas refugiadas:

Educación primaria

  • En Uganda, progresos recientes se han traducido en una presencia de nueve niñas refugiadas por cada diez niños refugiados matriculados en educación primaria.
  • En Kenia y Etiopía solo hay siete niñas refugiadas por cada diez niños refugiados matriculados en educación primaria.
  • De acuerdo con la UNESCO, entre las poblaciones locales de estos países existe el mismo número de niños matriculados en educación primaria que de niñas.

Refugiadas sursudanesas en la escuela en el campamento de refugiados de Nguenyyiel (Etiopía). Debido a la escasez de financiación, la escuela solo imparte clases hasta cuarto grado. © ACNUR/Diana Díaz

Una mujer adolescente refugiada somalí tras haber hecho su examen de secundaria en el campamento de refugiados de Dadaab (Kenia). © ACNUR/Tobin Jones

Educación secundaria

  • Las mujeres adolescentes refugiadas tienen la mitad de probabilidades de matricularse en educación secundaria que sus compañeros.
  • En Uganda hay cinco mujeres adolescentes por cada diez hombres adolescentes matriculados en educación secundaria.
  • En Kenia y Etiopía hay cuatro mujeres adolescentes por cada diez hombres adolescentes matriculados en educación secundaria.
  • Según la UNESCO, entre la población local hay nueve mujeres adolescentes por cada diez hombres adolescentes matriculados en educación secundaria.

Estas diferencias se dan pese a que las niñas constituyen la mitad de la población refugiada en edad escolar.[8]

¿Cuáles son los obstáculos?

Menores refugiados burundeses en el campamento de refugiados de Mahama (Ruanda). Niñas y niños refugiados burundeses asisten a la escuela Paysannat L School junto con niños y niñas de la comunidad de acogida. © ACNUR/Georgina Goodwin

El costo constituye un obstáculo importante para que los menores refugiados puedan asistir a la escuela. De acuerdo con el personal del ACNUR en el terreno, el costo de la matrícula, el uniforme, los libros y otros materiales escolares, así como del transporte, suponen obstáculos para la educación tanto de los niños como de las niñas. Incluso costos de menor cuantía pueden plantear problemas para personas que han tenido que abandonar sus medios de vida de manera repentina y a las cuales a menudo se les niega el derecho al trabajo.

Pero las niñas refugiadas suelen encontrarse en mayor desventaja por causa del “costo de oportunidad”: pérdidas de ingresos y de tareas domésticas.[9] Ir a buscar agua o combustible, cuidar de sus hermanos pequeños o de parientes mayores, encargarse del hogar… son tareas que recaen principalmente sobre las niñas, al tiempo que casar a una hija suele librar a la familia de un “gasto”.

Niñas refugiadas burundesas recogen leña bajo la lluvia cerca del campamento de refugiados de Nduta (Tanzania). © ACNUR/Sebastian Rich

Estos factores se magnifican a medida que las niñas se hacen mayores, justo cuando deberían estar preparándose para pasar a la escuela secundaria. Si una familia refugiada tiene recursos limitados y tiene que elegir quién puede continuar con su educación, el personal de protección comunitario del ACNUR ha comprobado que a menudo se da prioridad a los niños, pues se tiene la sensación de que tienen un mayor potencial de ganancias futuras. La situación se agrava porque, en muchos países en desarrollo, la educación secundaria dispone de menos recursos que la educación primaria. La educación secundaria es más costosa, pues requiere equipamiento más especializado (como laboratorios de ciencias), materiales de aprendizaje más sofisticados y un profesorado más cualificado.

La escuela le da a las niñas sirias una oportunidad de florecer (Annie Sakkab, producción/cámara/edición).

Es posible que las niñas tengan que enfrentar también convenciones y expectativas socioculturales. Algunas comunidades creen que no es necesario educar a las niñas, sobre todo en lugares en los que el matrimonio infantil y el embarazo en la adolescencia son normales. Además, la discriminación y la violencia sexual y por razón de género, que abundan en las comunidades que las rodean, están también presentes en las escuelas. En casos extremos, intransigentes religiosos han llegado a amenazar y atacar a niñas, también a niñas refugiadas, por atreverse a desafiarlos e ir a la escuela.

La escuela se convierte en un lugar más inhóspito todavía si carece de acceso a saneamiento, agua limpia y aseos privados. De acuerdo con el Banco Mundial, la menstruación hace que las mujeres adolescentes en el África subsahariana pierdan cuatro días de clase cada cuatro semanas, lo que supone faltar entre un 10% y un 20% del tiempo de escolarización.[10] Sin acceso a agua limpia e instalaciones sanitarias para limpiar ropa y uniformes, suministro de productos de higiene menstrual ni una sensibilidad de profesores y compañeros de clase hacia este tema, resulta fácil comprender por qué las niñas tanto de la población refugiada como de la comunidad de acogida no tienen más remedio que faltar a clase.

Un grupo de niñas refugiadas nigerianas en la escuela en el campamento de refugiados de Minawao (Camerún). © ACNUR/Alexis Huguet

Todo esto da lugar a un sistema que se perpetúa a sí mismo y que va en contra de las niñas: cuantas menos consigan una educación, menos maestras habrá que puedan rebelarse contra esta situación y servir como ejemplo. El caso contrario es la existencia de maestras comprometidas e inspiradoras como la refugiada afgana Aqeela Asifi, ganadora en 2015 del premio Nansen (un galardón que se concede anualmente por servicios destacados a la causa de los refugiados), quien transforma con sus clases las vidas de cientos de niñas refugiadas afganas. Tras años de dedicación, hace poco pudo ampliar su escuela en Kot Chandna, una remota aldea de Pakistán. “Mis alumnas me piden siempre lo mismo: poder seguir estudiando más allá del octavo curso”, nos cuenta. “Ahora podemos hacer ese sueño realidad”.

Siete maneras de ayudar a las niñas refugiadas a ir a la escuela

Esther Nyakong, refugiada sursudanesa de 17 años, practica danza en su escuela en el campamento de refugiados de Kakuma (Kenia). © ACNUR/Benjamin Loyseau

1. Las escuelas deben hacer un lugar para las niñas.

En la competencia por conseguir un sitio en las aulas, las niñas suelen salir perdiendo. Existe una necesidad acuciante de más plazas escolares para niñas refugiadas, así como para sus compañeras de las comunidades de acogida. Menores refugiados de todo el mundo sufren las consecuencias de una escasez de plazas escolares, en especial en educación secundaria, donde esta escasez es muy grave.[11] Tanto los donantes como las agencias deben apoyar políticas que garanticen el acceso inclusivo e igualitario como modo de corregir el desequilibrio. Al incrementar la capacidad también se beneficia a las niñas de las comunidades de acogida, no solo a las refugiadas, aportando ventajas y una mejor resiliencia a largo plazo para las generaciones venideras en las zonas que más ayuda necesitan.

Tabu Sunday, de 14 años, en la escuela en el asentamiento de Imvepi (Uganda). Le encanta ir a la escuela pese a las aulas atestadas. © ACNUR/Peter Caton

Menores refugiados de El Salvador caminan hacia la escuela en Chiapas (México). Una creciente crisis de refugiados ha visto cómo cientos de personas huían de la violencia de pandillas en El Salvador, Honduras y Guatemala. © ACNUR/Daniele Volpe

2. Ninguna niña debería faltar a clase porque el trayecto hasta la escuela sea demasiado largo o peligroso.

Las niñas refugiadas necesitan más protección contra el acoso, la agresión sexual y el secuestro en el camino a la escuela. Las acciones comunitarias para proteger a menores refugiados, con el apoyo de las autoridades locales, deben ser prioritarias. Los “trenes escolares” son grupos de alumnos que recorren el trayecto hasta la escuela acompañados por un adulto; puede ser una solución cuando se puede ir caminando a la escuela. No obstante, los largos traslados hasta escuelas secundarias suelen tener un efecto disuasorio para muchos alumnos, sobre todo para las mujeres adolescentes. Mejorar el transporte (por ejemplo incluyendo autobuses solo para niñas) puede ser decisivo para que los padres permitan o no que sus hijas asistan a la escuela. Los internados para niñas también han dado buenos resultados en algunos escenarios, así como hostales en lo que las mujeres adolescentes se pueden alojar con seguridad durante la semana o el período escolar.

Menores refugiados de El Salvador caminan hacia la escuela en Chiapas (México). Una creciente crisis de refugiados ha visto cómo cientos de personas huían de la violencia de pandillas en El Salvador, Honduras y Guatemala. © ACNUR/Daniele Volpe

3. Las escuelas se tienen que adaptar a las necesidades de las niñas.

Ninguna mujer adolescente debería faltar a clase por falta de productos de higiene menstrual, acceso a agua limpia o aseos privados y seguros. Es menos probable que las mujeres adolescentes acudan a la escuela si no disponen de aseos separados para ellas. Las escuelas deben suministrar estas instalaciones y productos básicos.

Baños en un punto de alojamiento para refugiados en Alejandría (Grecia). © ACNUR/Yorgos Kyvernitis

Ekhlas Ahmed acompaña a sus estudiantes durante una excursión en Portland (Maine, Estados Unidos). Ekhlas es una refugiada de Sudán que fue reasentada en los Estados Unidos cuando era una niña y ahora trabaja como profesora en un instituto. © ACNUR/Heather Perry

4. En las escuelas no puede haber lugar para la intimidación, el acoso o la violencia por razón de género.

Los maestros y las maestras precisan de constante capacitación para garantizar que promueven las mejores prácticas y vigilancia contra cualquier comportamiento que disuada a las niñas de acudir a las aulas. El profesorado se encuentra en una posición ideal para promover e inculcar ideas de igualdad de género y respeto mutuo entre niños y niñas.

Ekhlas Ahmed acompaña a sus estudiantes durante una excursión en Portland (Maine, Estados Unidos). Ekhlas es una refugiada de Sudán que fue reasentada en los Estados Unidos cuando era una niña y ahora trabaja como profesora en un instituto. © ACNUR/Heather Perry

5. Las familias refugiadas necesitan motivación e incentivos para mantener a sus hijas en la escuela.

Si los adultos refugiados pueden trabajar y mantener a sus familias, es más posible que permitan a sus hijos e hijas acudir a la escuela. Reuniones frecuentes entre los profesores y los padres también pueden ayudar a que éstos comprendan su papel como facilitadores de una escolarización eficaz. El suministro de luz y energía sostenible a los hogares refugiados también puede permitir a muchas niñas ir a clase, ya que no tendrán que pasar horas recogiendo leña. También supone que puedan hacer sus tareas o estudiar después de que se haga de noche.

Una madre refugiada siria ayuda a sus hijos con las tareas de la escuela en el campamento de refugiados de Azraq (Jordania) a la luz de una lámpara de energía solar. © ACNUR/Sebastian Rich

Alaa Kassab, refugiada siria de 25 años, trabaja como maestra asistente en una escuela primaria de Geltow (Alemania). Antes de huir de la guerra, daba clases en una escuela bilingüe de Alepo. © ACNUR/Gordon Welters

6. Los alumnos refugiados necesitan más profesoras

Es urgente contratar y capacitar a más profesoras procedentes tanto de la población refugiada como de las comunidades de acogida. Tanto niños como niñas necesitan modelos femeninos, pero sobre todo las niñas podrán sentirse animadas y motivadas por la presencia en el aula de una mujer con una educación.

Alaa Kassab, refugiada siria de 25 años, trabaja como maestra asistente en una escuela primaria de Geltow (Alemania). Antes de huir de la guerra, daba clases en una escuela bilingüe de Alepo. © ACNUR/Gordon Welters

7. Con un poco de ayuda, las niñas pueden ponerse al día y avanzar.

Las actividades extraescolares proporcionan servicios reparadores, enriquecedores o de tutoría que permiten a las niñas ponerse al día (si es necesario), impulsar sus estudios y prosperar a nivel tanto académico como emocional. Si bien estas actividades no se deben considerar una alternativa a la escuela ordinaria, pueden ayudar a mejorar el rendimiento académico y, en consecuencia, la autoestima.

Menores refugiados sursudaneses asisten a la escuela primaria en el asentamiento de refugiados de Bidibidi, en el norte de Uganda. © ACNUR/Isaac Kasamani

7 formas de ayudar a que las niñas refugiadas vayan a la escuela (Sylvie Francis, productora).

Epílogo

Por Emi Mahmoud, colaboradora de alto perfil del ACNUR

Emi Mahmoud, colaboradora de alto perfil del ACNUR y poeta, durante una visita a Lesbos (Grecia) donde se reunió con la población refugiada. © ACNUR/Paul Wu

A los refugiados se les dice constantemente que deben guardar silencio. Sí, cuesta ser oído con el rugido de los aviones de guerra o el ruido de una explosión más. Pero también cuesta ser oído con ese estribillo incesante según el cual los refugiados tienen menos derecho a existir (o ninguno) y las niñas refugiadas valen menos que nadie.

Tengo voz. Como antigua refugiada, poeta, graduada por la Universidad de Yale y ahora defensora de esta causa, se me ha concedido una plataforma para enfrentarme al silencio. La educación cambió toda mi vida y por eso es mi deber usar mi educación para ayudar a otros a llegar hasta el lugar en que hoy me encuentro. Muchas personas que han pasado por lo que yo pasé y por cosas peores no tienen este privilegio.

Cuando se les dice a las niñas refugiadas que ellas no necesitan o no quieren una educación, quien lo dice son personas que no quieren que manifiesten su opinión, no quieren que enriquezcan sus vidas y crezcan como seres humanos fuertes y prósperos.

De nosotros depende usar nuestras voces, si tenemos una, y yo lo voy a hacer para pedir que todas las niñas refugiadas tengan acceso a las aulas y tengan una voz propia, vivan donde vivan. Es su derecho como seres humanos.

Llamado a la acción

© ACNUR/Georgina Goodwin

Invierte en la educación de las niñas refugiadas:

 

Acoge a refugiados en tu comunidad y ofrécete para participar en tutorías para niñas refugiadas

© ACNUR/Scott Nelson

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